Un cuento + una foto + Martín Kohan

 

Un cuento

Masas” es un cuento que escribí el año que hace poco se fue; obtuvo el Segundo Premio en el Concurso Literario "Sangre Maleva" de la editorial colombiana GOLD.


Venimos de marchar hace muy poco para poner freno a la irracionalidad, a la crueldad (que está de moda, como dijo el escritor Martín Kohan), al fascismo desembozado.

Masas no es pueblo, ¿por qué? No existe un líder que… pero en vez de spoilear, mejor les regalo el cuento, editado hace poco en Bogotá (Chía, para ser más preciso).


Masas

Como una madre a sus hijos, el océano humano de multitudes intensas en que nos sumergimos nos mecía de aquí para allá. Con ellos cantamos las consignas de cada año en la Plaza de Mayo, proferimos los mismos epítetos de siempre, nos enardecimos insultando todos juntos a los que nos hacen la vida más difícil, nos cargamos de la energía de la gente del palo pares, tan necesaria y vital como dice Graciela cada vez que practicamos el ritual de la inmersión en la tribu.

 

Volvimos caminando desde el centro hasta mi departamento, cerca de cuatro  kilómetros. Roncos de tanto vociferar. Fundidos. Compramos pizza y cerveza.  Graciela puso la tele para regodearse con las imágenes tomadas por drones y encendió el horno para calentar la comida. Yo sentía los gemelos endurecidos, “estoy grande para estas locuras” me dije mientras me pasaba el Ratisalil crema una y otra vez. Rematé el tratamiento casero con un analgésico vía oral.

 

Dice el noticiero que había un millón de personas comentó Graciela, mirando el celular mientras tragaba una porción de fainá que bajaba con cerveza de la Patagonia.

A veces siento que somos millones de personas solas.

—No, señor me amonestó—. Si así fuera seríamos masa. Somos pueblo porque queremos vivir en comunidad, no podemos sobrevivir aislados como los eremitas, formamos parte de un proyecto, de algo superador que nos trasciende.

 

Le di la razón. En otros momentos opto por no abusar del escepticismo. Soy complaciente. Sin embargo, me quedó dando vueltas en la cabeza la palabra masa.

Es cierto que no lo somos, aunque las causas fueran muy otras. Según mi entender, para que exista la masa debe haber alguien que la designe como tal. Nadie se presenta ante los demás diciendo hola me llamo Pedro, soy masa. Para que haya pueblo, tiene que haber un líder; uno que diga conocer de primera mano la palabra de Dios, o de un semi Dios, un maestro, un político carismático, un buen rey, un pastor que a las ovejas les ponga de nombre el “pueblo”: “venid hacia mí, querido rebaño”;  “¡llevo en mis oídos la más maravillosa música que es la voz del pueblo argentino!”, “¡Achtun juden, Deutschevolks!”.

Acepto que en un ejército se quiera ganar la guerra por la deuda de lealtad patriótica para con la patria. Una patria introyectada en los sujetos desde la más tierna infancia, los convierte en tropas, tropas que siguen al líder, al comandante: “soldados: desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan”, los hombres se creen el mito hiperbólico y donan sus cuerpos a la metralla.

Casos concretos, reales y de leyenda: aparece un señor de barba tupida y dice que puede conducir al pueblo atravesando las aguas del Mar Rojo; otro, esta vez de barba hirsuta y boina ladeada que se monta un viejo fusil, se va a las montañas y proclama el derrocamiento de un tal dictador; un señor flaquito, muy flaquito lleva al pueblo (también flaco) atravesando desiertos hasta llegar al mar para mostrarle cómo se fabrica la sal. Hay que admitirlo: un petiso de bigotitos estuvo a punto de mandar al planeta entero a la tumba.

 

Todos ellos fueron demiurgos creadores de un pueblo.

 

Sí: pienso que los seguidores son masa, masa cocida por los líderes hasta nombrarlos  pueblo, religión o etnia. Ser masa no es malo ni bueno, ahora bien para subir un nivel se requiere de un guía con cencerro para realizar la conversión. Y esta tarde —pienso mientras aguardo que el microondas haga ¡clinck! —, en medio del oleaje de compañerismo, del humo de los chorizos a la parrilla y los porros, no lo había: ni un Moisés, menos un Bapu de alma grande, o un Bonaparte y por suerte tampoco un Adolph. Perón falleció hace tiempo y los presidentes populistas del siglo veintiuno están condenados por la prensa y el vecino de la esquina.

 

Volviendo al asunto: yo sería pueblo para quien desde muy arriba me observara, y me designase como parte de; ahora bien, por la manera de verme a mí mismo no lo soy. Según Graciela a pelear por la construcción de un futuro, a la mejora de la civilización y el cuidado del planeta yo vendría a ser una microscópica molécula de pueblo.

Lo que ella sabe y no quiere enterarse es que soy escéptico y voy a las marchas para complacerla. Nunca lo voy a confesar, es mi parte vergonzante. Me escapo del sujeto que soy y me fundo en el mar de gente por razones impropias. No es cobardía, no. Es mi forma de ser, mi subjetividad. Soy como el hombre superfluo de Pushkin o como Hamlet que no acciona, se queda en el molde y solo se le ocurre “hacer teatro” sobre el comportamiento de su madre y de su tío, el Rey fratricida. Y no hablo de nihilismo. Soy militante de pensar por uno mismo; aunque ese uno mismo se alimente de la vida en grupo y de la televisión, peleo conmigo para poder de razonar; se necesita, eso sí, de voluntad y esfuerzo. Es mi forma de ver los acontecimientos y lo que me da temor es la ausencia del líder, de algún  discurso emancipador, no la presencia del mal.

 

El móvil de Graciela ronroneó reptando en la mesita ratona, era su amiga, la compañera Elsa. Se desató el éxtasis de la algarabía: el ministro tan odiado había presentado la renuncia. Pusimos la tele: las imágenes eran inequívocas, el tipo iba tapándose la cara mientras estallaban los flashes contra los cristales del vehículo en que escapaba “sin rumbo conocido”, decía un reportero, para cerrar luego e ir a estudios dando vuelta la misma frase “con rumbo desconocido” —redundancias televisivas—. El que no conocía el rumbo era el del micrófono, seguramente el ministro renunciado sabía muy bien adónde se dirigía.

— ¡Vete a la mierda, tú! —Graciela enfurecida enfrentaba cara a cara al Ministro en la pantalla.

 

Tuve que construir con urgencia un gesto de euforia, tipo gol de Argentina en la final del mundo. Menos vehemente que ella, para ser sincero.

 

— ¿Has visto que pelear vale la pena? El hijo de su madre renunció.

 

Graciela se arrojó a mis brazos y me besó con pasión. Me llevó directamente a la cama. Hicimos el amor a tal velocidad que fue como un orgasmo por la noticia.

 

Al día siguiente, mirábamos la tele en el desayuno. Transmitían el juramento del nuevo ministro, lo hizo por la Patria y los Santos Evangelios: “Dios y la Patria os lo demanden”, le aclararon por si no sabía. El ministro saliente también había jurado con esa fórmula.

 

“Me temo que habrá que salir a pelear de nuevo, sin líder”, pensé y callé.

Fin

Un cuento de Guille Salz


Acerca de la crueldad

Ya que lo mencioné a Martín Kohan

https://www.instagram.com/futurockok/reel/C4GL7AdOp7l/


¿Y dónde está el líder? 




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