Discurso concepto ¡bang!
“El odio al extranjero (al diferente, digo yo)… conduce al final de la cadena, el Lager: El campo es producto de un concepto de mundo llevado a sus últimas consecuencias con una coherencia rigurosa: mientras el concepto subsiste las consecuencias nos amenazan”.
Primo Levi, Si esto es un hombre (1958)
Disponible:
https://centrodocumentacion.psicosocial.net/wp-content/uploads/2001/01/levi-si-esto-es-un-hombre.pdf
Antes de cometer un crimen, sobre todo si lesiona a la
humanidad toda, necesariamente existe un discurso (“concepto” lo llama Levi).
El discurso - concepto no es una justificación para tener que apretar el gatillo,
no. Justificarse supone un atenuante, el discurso del odio no necesita
explicación, es “natural” (naturalizado en una sociedad, digámosle así). Nadie
debe explicar nada cuando se descarga una chancleta para matar una cucaracha,
escobazos para liquidar una rata, flit
para las moscas.
El discurso – concepto de Levi se refiere a que todo lo extranjero
debe ser eliminado, para ello es fundamental deshumanizarlo: “ratas”, “kukas”, “yeguas”,
“bolitas”, “paraguas”, “gorilas”, “momios”, “negro”, “mono” (sigan ustedes,
lectores).
El discurso deshumanizante habilita la muerte violenta del
otro, no se debe sentir culpa alguna de aplastar a las alimañas.
En los años 30, los ricos financiaron a unos pocos locos que
gritaban su odio anti comunista, anti judío, anti social demócrata. Pero no
fueron ellos el brazo ejecutor, aquel brazo que se levantará orgulloso al poco
tiempo será e del pueblo alemán.
En el siglo XXI, son los multimillonarios los que extienden la
diestra. La señal es clara: ¡Atención!, advertencia que precede al fusilamiento.
Compendio del discurso precedente.
“hay que tirarlo por la ventana del tren”
“hay que meterlos en un cohete y mandarlos a la luna”
“tiene el mal de hubris”
“es una vieja, loca, sola y enferma, es mierda”
“los kukas tienen que desaparecer”
“si vuelven los kukas vuelve el infierno”
Consecuencias
En un acto pagado por los argentinos (de bien y de nosotros
también), el actual presidente de una banda de estafadores estafados le regala
una moto sierra a un nazi millonario (entiendo que la herramienta es símbolo de
la extirpación de los “indeseables”, y
que también sale del erario público).
Libro
Se e
questo un uomo, Levi, P.
Cine
El huevo
de la serpiente, Bergman, I.
Novela
La casona
de Almagro, Salz, G. o sea…
Párrafos del ombligo de la historia:
—Es posible, querida,
que un día cualquiera venga alguien y te diga“las cosas son como yo las ordeno”.
Y lo dirá sin tener la más mínima competencia y mérito para hablar de temas
científicos. Fíjate lo que sucede ahora mismo en Italia o en Rusia, perdón, en
la URSS. Mussolini prohibió todo, sindicatos, partidos, libertad de la prensa.
Los burócratas llegarán un día y proclamarán: eso no es ciencia.
—¿No exageras, Michael?
A ningún lego se le puede ocurrir censurar a un científico.
—¿No? Cosa vederes,
amigo Sancho, que non crederes. Nuestro peor enemigo es el Estado, querida.
— ¿Con
qué autoridad? ¿Cuál sería la razón?
—La única que entienden
todos: la violencia física. ¿Acaso Giordano Bruno no fue asesinado por hacer
ciencia? Ya vendrán a decir qué es arte y qué no lo es, qué debe hacer un
científico y qué no debe… y si no hace lo que le ordenan: ¡a la hoguera!
—No creo que veamos eso
algún día.
—Yo lo veo ahora mismo.
El gobierno sigue con los proyectos de gases químicos para la guerra de manera
clandestina. Me dieron a leer un trabajo de un tal Flury, Ferdinand Flury.
Siguen jugando con los gases. ¿Conoces a Heerdt?
—Sí, claro.
—Está desarrollando un
pesticida, ¿sabías?
—Sí, el Zyklon-b, yo
misma estoy en algo parecido, los fertilizantes.
— ¿Parecido?
El tuyo hace florecer y el otro mata alimañas.
— ¿Qué
tiene de malo?
—Nada. Dependiendo de a
quién consideres alimaña. Yo soy judío, querida amiga, me han dicho rata,
cucaracha y otros epítetos que dejo pasar como para no distraerme de mis
estudios. Con que no me elijan de conejillo… A veces pienso que lo más urgente
y necesario es escribir lo que pasa entre los seres humanos, eso sería otra
forma de hablar de la ciencia; digo, desde lo que hacemos los hombres y
mujeres, y no simplemente desde la reacción de los elementos. Una ciencia para
aplicar la ciencia para el bien de todos. Una filosofía de la ciencia. En
Italia ha muerto la democracia, en Rusia lo mismo, ahora son los dictadores los
que aprueban o desaprueban nuestro trabajo, ¿sabías? Ellos dicen qué es lo que hay
que inventar y estudiar.
—Estamos en Alemania.
Acá vivimos en democracia. Por otra parte, me parece un absurdo, cualquiera sea
el gobierno, cuando hable con un científico, éste le hará conocer leyes. Leyes
que nos gobiernan a todos, inexorables. La gravedad aplica tanto para Mussolini
como para el señor que vende el periódico en la esquina.
—No tan leyes, las
leyes… quiero decir, siempre habrá un legislador… El científico es una persona,
como tal tiene voluntad de investigar ciertas cosas y no otras. En esa elección
hay un mundo que no se rige por leyes inmutables y universales: esa es la
dimensión de las pasiones humanas.
— ¿Crees
en la verdad de la ciencia?
—Sí creo, por supuesto
que no de manera religiosa. Cambiando el tema: ¿qué haces el sábado por la
noche?
La
ternura
Antes de su partida con
destino a Hamburgo, Amalia sostuvo una larga charla con Polanyi en el Instituto.
Combinaron el alemán con el inglés, buscando precisión en los conceptos que
vertieron, como lo hacen los científicos cuando debaten. Pensaron en
profundidad el estado de cosas. Michael arremetía desde la sociología y la
política tratando de explicar los acontecimientos:
—Al mismo tiempo que en
el mundo todo se derrumba, han aparecido los constructores—arrancó—; lo cual no
significa que las construcciones sean necesariamente virtuosas. Se trata más
bien de una lógica de causa y efecto. En las épocas de rupturas históricas,
siempre surgen dioses ex machina portando certezas necesarias para dictar la
ley más acorde para la regeneración planetaria; aquella que racionalmente
superara a las otras.
— ¿Acaso
esto que vivimos supera lo anterior? —apuntó Amalia.
—No lo digo en términos
positivistas, querida amiga. Las leyes se escriben a consecuencia de quienes
detentan el poder real, nunca es al revés. Veinticuatro siglos antes que
nosotros tocáramos suelo con nuestros zapatos, Pallas Atenea había sentenciado que
el patriarcado era lo mejor; y todo el mundo sabe que la voz de la diosa solamente
podía pronunciar la verdad.
— ¿Nada
de lo que hemos conocido va a quedar, Michael?
—Amalia, desde la
crisis del 30 sabemos que el liberalismo se derrumbó y con él, las democracias débiles
en casi todos los países del mundo occidental. La Depresión barrió con gran
parte de lo que tímidamente se había conseguido recuperar en los años
anteriores. La debacle del capitalismo trajo como consecuencia que las naciones
se cerraran al comercio con las demás, ya no hay un patrón, una divisa
confiable con la que comprar y vender. Los derechos individuales —hijos
dilectos del Siglo de las Luces y la Revolución Francesa—, han caducado en gran
parte de Europa y, por lo que yo sé, también en América del Sur; en su lugar
crecieron como hongos después de la lluvia las dictaduras y las pseudo
democracias fraudulentas. En otros confines quedaron protectorados como restos
fósiles de los imperios. El ideal abstracto de la libertad dejó paso al
instinto animal de conservación y de auto defensión. ¿Qué libertad podría haber
en la inanición? Los muertos por enfermedades curables y por desnutrición se cuentan
de a decenas de millones. La gripe española aceleró el deterioro social. En este
estado de cosas, aparecieron los demiurgos; ahora bien, como no existe en esta
década una Diosa Pallas con la verdad incuestionable, cada uno de los
regeneradores no acuerda con el otro en considerar qué cosa se debe derrumbar y
qué es necesario reconstruir. Lo que está en la palestra de la discusión es la
existencia misma, la vida concreta de las sociedades y las naciones, por eso vemos
el espectáculo horroroso del instinto animal de supervivencia ganar la batalla contra
la razón: para que yo viva es preciso que el otro muera. Es por eso que
resultaba imperioso crear al otro para sostenerse en una identidad. El sistema
mundo entró en cuestión, tal como lo conocíamos entró en cuestión.
—¿No es nuestro deber
sostener la democracia liberal? Fíjate lo que se cuestiona en estos días, Michael:
¿se debe mantener económicamente a las personas impedidas de trabajar y crear
riqueza? ¿Gastar el dinero —poco o mucho— de los impuestos, en los enfermos
terminales, dementes, alcohólicos, con síndrome de Down? ¿Corresponde que
personas con sangre impura sean los dueños de los bancos, los campos o las
industrias? ¿Se deben sostener los cultos religiosos con dineros del Estado?
—De eso se trata:
invento otro que me quita, ergo, hay que matar al otro.
—Pero como siempre
habrá un otro… entonces, hablas de un suicidio colectivo Michael, eso no es
posible.
—Cierto, no te falta
verdad, es posible que esté exagerando, sin embargo el hilo que nos sostiene es
demasiado delgado. La condición necesaria para que el mundo se auto destruya no
es demasiado sofisticada, bastaría con la abolición del sentimiento de la
ternura.
— ¿La
ternura? ¿A qué te refieres?
—Querida amiga, la
ternura es como el aire que respiras; solamente te das cuenta de que te falta
cuando comienzas a ahogarte. La ternura es aún menos natural que el aire, por
lo cual, es más fácil perderla y… cree en lo que te digo, ese sentimiento es
más importante que el oxígeno.
— ¿Cómo
sería eso?
—Si de pronto faltara
el oxígeno, simplemente uno se muere…, aunque después de haber gozado de una
vida. En cambio, sin la ternura, mejor sería no haber vivido.
Al
fin de cuentas… así estamos
“Hayque” se llamaba un cacique torpe, el hombre no sabía cómo
hacer las cosas, por lo tanto siempre repetía: ¡Hay que conseguir comida!, ¡Hay
que ganar la guerra!, ¡Hay que huir de aquí!”.
Estamos como el cacique “Hayque”, “Hay que hacer juicio
político”, “hay que hacer un paro general”, “hay que echar a este gobierno”,
pero somos tan torpes que no sabemos cómo organizarnos.

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